MI HISTORIA

He conocido el éxito, la ruina y el vacío. Pero tardé años en entender qué era vivir de verdad.

Te la voy a contar entera. También las dos veces que lo perdí todo y el verano en el que no era capaz de mirarme al espejo.

La cuento porque igual algo de esto te suena.

DE DÓNDE VENGO

Fui un niño con obesidad y sufrí acoso escolar durante años. Mis padres se separaron y mi padre no estuvo.

Nadie me enseñó a ordenar nada de aquello. Aprendí a tragármelo y a tirar.

Hice natación de competición desde los siete años. Competía pesando 130 kilos.

Dejé los estudios a los 16 y me puse a trabajar en lo que saliera. Ahí entendí una cosa que no se me ha olvidado: nadie iba a venir a construir mi vida por mí.

A los 17 no tenía estudios, no tenía ni idea de a dónde iba y seguía pesando lo mismo.

EL PRIMERO QUE CREYÓ EN MÍ

A los 17 apareció Raúl Carrasco. Atleta IFBB PRO y la persona que más ha marcado mi vida.

Me metió en el gimnasio y me enseñó a comer. Bajé de 130 a 70 kilos.

Pero eso fue lo de menos. Raúl no me dio charlas: me enseñó dándome ejemplo. Cumplir lo que dices que vas a hacer, aparecer todos los días y hacer lo que toca aunque no te apetezca.

Y me enseñó algo que yo hasta entonces no me había permitido ni pensar: que un sueño se puede conseguir. Lo tenía delante todos los días. Él los conseguía. Así que dejó de parecerme imposible.

Fue la primera vez que vi con mis propios ojos que algo que llevaba años sintiendo fuera de mi control se podía cambiar. Si había podido con eso, podía con más cosas.

Veinte años después sigue siendo la primera persona a la que llamo, vaya bien o vaya mal. Se convirtió en familia. Casi en ese padre que me habría gustado tener cerca mientras intentaba convertirme en la persona que quería ser.

LA DECISIÓN QUE LO CAMBIÓ TODO

Con 23 años tenía una plaza de oposición aprobada. Trabajo fijo, sueldo fijo, para toda la vida.

La dejé para montar mi primera empresa sin saber prácticamente nada de negocios.

Todo el mundo me dijo que estaba loco. Que cómo se me ocurría soltar eso. Solo dos personas creían que aquello podía salir: Raúl y yo.

Me levantaba a las siete a hacerme las comidas del día. A las ocho cogía la moto en Jerez y me iba a El Puerto, lloviera o hiciera sol. Volvía de noche. Comiendo en táper, frío, todos los días.

Sin saber si aquel negocio iba a facturar. Sin saber si al año siguiente seguiría abierto.

Nací en una casa donde nadie tenía nada regalado, y elegí el camino más difícil de los dos que tenía delante. No porque fuera valiente. Porque la otra opción era pasarme cuarenta años en un sitio al que no quería ir, y porque con aquello no iba a llegar nunca a lo que yo quería.

Palace Nutrition. Cinco tiendas.

LO PERDÍ TODO

En 2016 el negocio empezó a ir mal. Por muchos motivos a la vez.

Y no cerré las cinco tiendas de golpe. Cerré una. Luego otra. Luego otra.

Eso fue lo peor. Ver durante meses cómo lo que habías levantado se te iba cayendo delante, trozo a trozo, y no poder pararlo.

El día que cerré la última supe que aquello ya no se salvaba. Y se me echó encima todo junto: las deudas, el ruido, la gente que llevaba años esperando decirlo.

Y me lo dijeron. Que ya me lo habían avisado. Que no tenía que haber dejado la oposición. Que estaba loco.

Me hundí. Caí en un pozo, y no fue solo el dinero: la cabeza y la salud se fueron detrás.

Pero incluso ahí abajo había algo que no se me quitó: sabía que tarde o temprano saldría. No sabía cuándo ni cómo. Lo sabía. Y Raúl seguía confiando en mí.

Me encerré en casa a darle vueltas. Probé un negocio. Y otro. Y otro. Pensando a qué me podía dedicar, qué se me daba bien, por dónde volver a empezar.

Y en 2018 nació mi hija Lara.

Eso fue lo que me sacó de verdad. Me devolvió la ilusión y me dio una razón para salir de aquel pozo como fuera.

LA SEGUNDA CAÍDA

En 2019 volví a empezar. Monté Secrets, una tienda pequeña de ropa de marcas de lujo.

Y funcionó. Creció tanto que abrí otra más grande.

Después de la ruina había vuelto a levantar algo con mis manos, y esta vez iba bien.

Y en 2021 se me cayó lo otro. Me divorcié de la madre de mi hija.

Todos nos creemos el mismo castillo: tu mujer, tu hija, tu casa, tu negocio. Y cuando lo tienes piensas que ya lo tienes todo, y que eso no se puede derrumbar.

Se puede.

Pasé el peor verano de mi vida. Meses sin querer mirarme al espejo. Sin quererme. Sin salir a la calle un solo día, y cuando salía era para caminar solo y llorar.

Lo de fuera vino detrás. No podía atender el negocio, volví a perder muchísimo dinero y encima se me montó otra bola de problemas encima.

Esa fue la segunda vez que lo perdí casi todo. Y fue peor que la primera, porque la primera vez perdí dinero. Aquí se me cayó el castillo entero.

Todo aquello está en el libro que estoy escribiendo, con lo que no cabe aquí.

Y ese verano hice dos cosas.

Un día, sin saber qué hacer conmigo, me tiré en paracaídas en tándem. Me enamoró. Salí de allí diciéndome que algún día sería paracaidista.

Y me prometí que el verano siguiente sería inolvidable. Que trabajaría sin parar por mi hija, por mí y por Secrets.

EL VERANO QUE ME PROMETÍ

Y cumplí.

Trabajé sin parar todo el año. Levanté Secrets otra vez y en el verano de 2022 me di el sueño que tenía desde niño.

De pequeño jugaba con un Ferrari de plástico. Cuando veía uno de verdad por la calle no sentía envidia ni pensaba que fuera imposible: pensaba que algún día tendría uno en mis manos.

Y lo tuve. Un Ferrari 488 Spyder y un Lamborghini Huracán, tres veranos seguidos.

Voy a ser claro con esto, porque en internet casi nadie lo es: eran alquilados. De larga duración, meses seguidos, no un fin de semana para hacerse fotos.

Y para mí daba igual. Un coche que coges tres veces al mes no merece la pena tenerlo en propiedad. Lo que yo quería era abrir la puerta de mi casa por la mañana y verlos ahí. Sé lo que es conducirlo y sé lo que es tenerlo en mis manos, todo el tiempo que quise.

Había cumplido el sueño de mi vida. Y lo había cumplido después de que un montón de gente me dijera que jamás lo iba a conseguir.

Fui feliz. Me encantan los coches y las motos, y no voy a fingir lo contrario.

Lo que no vi entonces es que había empezado a dejar de ser yo. Y tardé años en darme cuenta.

Puedes tener todo lo que los demás admiran, todo lo que durante años buscaste, y aun así sentirte vacío.

DONDE ENCONTRÉ LO QUE BUSCABA

En junio de 2021, cuando volví del salto en tándem, nos sentamos mi hija y yo a ver el vídeo. Ella tenía dos años.

Le pregunté: «¿Y tú quieres que papá salte solo?»

Me dijo que sí.

Tardé cuatro años en hacerlo. Cuatro años en los que dejé de ser el que realmente era, para obsesionarme con el dinero, con las cosas materiales y con aparentar y fingir una vida que nunca fue la mía.

En 2024 me cansé de esa mierda de vida y la dejé. Y en octubre de 2025 me hice paracaidista.

Fui muerto de miedo. Pensando qué hago yo aquí, por dónde se sale de esto. Pero era mi sueño y mi hija me había dicho que sí quería que su padre fuera paracaidista, así que fui igual. Nunca he dejado que el miedo decida por mí ni que me aparte de lo que quiero.

Hoy soy paracaidista con licencia USPA y puedo saltar en cualquier parte del mundo.

Antes, cuando tenía un problema, cogía la moto y conducía sin parar hasta despejarme. Algo hacía. Pero esto es otro nivel.

Cuando saltas de un avión tu cabeza no puede pensar en nada. Es imposible. No cabe el dinero, ni el negocio, ni el éxito, ni ningún problema que tengas ese día, ni tu familia. Solo cabe lo que estás viviendo.

Y cuando abres el paracaídas, la cabeza sigue igual. Tardas en volver a tierra, y tu cabeza tarda todavía más.

No he encontrado nada parecido en toda mi vida.

Ahí entendí lo que no había entendido con los coches. El dinero y el éxito pueden formar parte de tu vida. No pueden ser la razón de vivirla.

Y en el paracaidismo entendí otra cosa: la gente que eliges tener cerca importa. Encontré un grupo con la misma forma de vivir que yo. Ganas, compañerismo, aprovechar el momento. Después de años, volví a sentir que estaba exactamente donde quería estar.

Allí también me encontré a mí. Al aventurero que había sido siempre y que llevaba años apagado.

Yo soy una persona muy seria. La gente que me conoce me ve en los vídeos saltando y me dice que con ellos no sonrío así.

Esta cara, este lado mío, esta versión de mí, es imposible verla en tierra. A este Jesús solo lo conocen los que saltan conmigo.

Así que si algún día me ves así delante de ti, seguramente no tendremos los pies en el suelo.

POR QUÉ HAGO ESTO

Sigo al frente de Secrets, en Sanlúcar de Barrameda. No dejé los negocios para ponerme a hablar de la vida: sigo llevando el mío mientras hago esto.

Hago esto por tres motivos y te los digo los tres.

El primero es mi hija. Quiero que el día de mañana sepa quién fue su padre. Mi forma de pensar es que un legado no es solo lo que le dejas a alguien cuando te mueres: es el ejemplo que le das mientras estás vivo. Por eso lo hago ahora, para que lo vea.

El segundo es que me sale. Cuando alguien me cuenta lo que le está pasando y consigo ayudarle a ordenarlo, me llena más que cualquier otra cosa que hago.

Y el tercero es que soy empresario. Esto también es un negocio y quiero vivir de ello. Prefiero decírtelo yo a que lo pienses tú.

De ninguna de las dos caídas salí solo. Las dos veces se lo conté a Raúl. Todo, sin quitar nada.

Él no me sacó. Me ordenó la cabeza y me enseñó el camino correcto. Pero sin haberlo contado no habría salido.

Por eso hago lo que hago. Porque sé lo que es estar abajo pensando que lo que sientes no se le cuenta a nadie, y sé la fuerza que te da el día que lo cuentas.

Vive antes de que el tiempo, la rutina o el miedo elijan tu vida por ti.

Y no he terminado.

Todavía me quedan sueños por cumplir. Quiero ser instructor de paracaidismo, y para eso me faltan saltos y cursos. Los estoy dando.

Y quiero vivir de esto que estás leyendo. De mi marca personal.

Así que no te escribo desde el final del camino. Te escribo desde el medio, con dos sueños más por conseguir.

Puede que mi historia sea distinta a la tuya. Pero quizá tú también sabes que algo en tu vida tiene que cambiar.

No voy a decirte lo que tienes que hacer con tu vida. Eso lo decides tú.

Puede que sepas perfectamente cuál es el paso que llevas tiempo aplazando. O puede que estés perdido y ni siquiera sepas por dónde se empieza. Trabajo con los dos.

Lo que puedo hacer es ayudarte a ver qué te está pasando de verdad y a moverte.

La forma más fácil de empezar conmigo es La Sala.

LA CARTA SEMANAL · REGALO

Llévate gratis las cuatro preguntas que duelen.

Un PDF para ti. Nadie lo va a leer, ni yo. Cuatro preguntas sobre tu vida que no te dejan escaparte: contestes lo que contestes, hay una respuesta que no te va a gustar.

Y los domingos te escribo. Cosas que me pasan, decisiones que tomo, lo que aprendo de meter la pata. Lo que no cabe en un vídeo de un minuto.

Sin humo. Y si algún día no te aporta, te das de baja y no pasa nada.